
La belleza es el origen entre el orden y el caos, que tanto orden y que tanto caos hacen falta para lograr ese equilibrio es lo que hace que todos tengamos una idea distinta de la belleza.
La belleza a pesar del interés común casi universal que provoca, nos resulta difícil de comprender. Intentar buscar una definición de este concepto no es tarea fácil, ya que el concepto sería algo que podríamos sacar en común de todas las cosas que consideramos bellas. La belleza, se puede considerar como un aspecto de algo, sin definición, tendríamos que analizar, lo que nos parece bello, pero a otros, no.
Otro problema que presenta definir la belleza es que se puede enfocar como las cualidades que nos resultan agradables y que saltan a la vista de cualquier cosa contemplada, o como la emoción que ese algo despierta en nosotros. La primera apreciación es más objetiva, ya que las cualidades normalmente saltan a la vista, pero las emociones que nos pueden provocar, es algo más íntimo y personal, y por lo tanto más subjetivo.
Habiéndose planteado las dificultades, podríamos decir que bello es lo que promueve en nosotros una experiencia estética, aceptándolo como una posible definición.
Al clasificarla podemos encontrarnos dos clases de belleza, la que provocan los objetos naturales, o belleza natural y la que nos suscitan las creaciones artificiales, o belleza artística.
Kant distingue dos tipos de belleza:
Belleza libre: es la que percibimos sin que sepamos nada del objeto contemplado. Es una belleza pura, no se tiene ningún tipo de idea que nos haga cuestionar su belleza.
Belleza adherente: es la que depende del concepto que tengamos acerca del objeto al cual analicemos.
Mal que le pese a algunos, la belleza es un bien de época. Porque en la historia de la humanidad no hay un estereotipo que se haya sostenido a lo largo del tiempo. La prehistoria asociaba la belleza con la fecundidad: una mujer con las caderas anchas y los pechos caídos era digna de admiración. En la Grecia antigua la participación esquiva de la mujer en la sociedad hacía de la belleza un terreno sólo apto para los hombres, y la era victoriana resultó el reinado de la belleza rolliza, la de la salud en la redondez.
Hoy asistimos a la democracia – relativa – de la languidez, la de la juventud eterna y los kilos de menos. Una belleza tirana que alimenta desórdenes, cirugías estéticas al por mayor y el sueño irreal de envejecer sin marcas en el cuerpo y hasta en el alma…si fuera posible.
La belleza no es un atributo objetivo, inherente al objeto sino que sobrevive en estrecha relación con la mirada. Como dijo alguna vez el semiólogo italiano Umberto Eco, "lo que funda la belleza es la mirada", un ojo condicionado por los valores sociales que cambia a lo largo del tiempo y está en estrecha relación con las diferentes culturas.
La palabra "belleza" es utilizada como una definición exclusiva de "atractivo físico", una definición que, además, es poderosamente transmitida a través de los medios masivos y asimilada por la cultura popular. Es este ideal el que utilizan muchas mujeres para medirse a sí mismas y su aspiración por alcanzarlo deriva en grandes frustraciones al descubrir que es un parámetro extremadamente difícil de lograr.
Sin embargo, la belleza femenina también parece tener otro horizonte de expectativas a la hora de profundizar en los componentes que hacen de una mujer un culto a la admiración. Si bien los factores externos juegan un rol importante, la felicidad, la amabilidad, la virtud, la dignidad, el amor, la autenticidad y la autorrealización son valores centrales a la hora de sentirse hermosas, ampliando así el concepto de belleza.
Nos enseñaron lo lindo y lo feo, aquello que es bueno y lo que es malo pero no nos enseñaron a enriquecer la mirada con matices más humanos, a desaprender ciertos valores y reaprenderlos con una mirada más abierta. Desestructurar la manera de ver puede llevarnos a un concepto de belleza más acorde con su verdadero potencial: una belleza placentera y sin esfuerzo que permita recorrer el cuerpo y encontrar los detalles y secretos que hacen de cada ser humano un ser bello por naturaleza
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Por primera vez en mucho tiempo, este año la muñeca Barbie no está dentro del ranking de los 10 juguetes más vendidos. Un detalle que indica que algo puede estar cambiando entre tanto estereotipo. Una vuelta de tuerca que nos permite pensar que, en una de esas, llegamos a la democracia de la belleza, un estadío donde el concepto de lo bello acepta múltiples opciones.
Cierto es que la Belleza, lo que nunca es, es estática. Lo que resultó bello a los hombres paleolíticos, resulta casi grotesco al hombre actual; la belleza oriental no sigue las mismas directrices que la belleza occidental; la estética juvenil no suele coincidir con la estética de los mayores, la de los hombres es matizadamente distinta de la de las mujeres.
Sin embargo, los científicos han llegado a descubrir ciertos parámetros consustanciales al ser humano y su cerebro que podrían enmarcar, dentro de unas grandes líneas, aquello que siempre y en todo momento y lugar puede responder al concepto de belleza: el equilibrio, la armonía, la proporcionalidad y la simplicidad. Si esto fuera así, existiría una belleza absoluta, no sujeta a los vaivenes de la moda, aunque luego hubiera que traducir esa abstracción a la realidad cambiante, a los tiempos y culturas diversas.